En un solar habanero, el día surge con el sonido de la bomba de agua, tejiendo una red de supervivencia comunitaria. Las voces se entrecruzan en el patio central, compartiendo chismes y favores cotidianos. La solidaridad define la vida en este espacio donde convergen mundos individuales.
El amanecer en el solar llega sin relojes, marcado por el chirrido metálico de la primera bomba de agua, que convoca a los residentes a su rutina diaria. En el grifo compartido, se forma una fila con botellas y cubos, donde las conversaciones fluyen: una mujer susurra sobre la chica del número 12, mientras otra grita desde el segundo piso pidiendo un pan a Magdalena en la bodega.
Los niños dominan el pasillo angosto, convirtiéndolo en un estadio de béisbol con un bate de madera y una pelota de trapo, sus gritos de '¡strike!' resonando contra paredes descascaradas que recuerdan la mansión elegante de antaño. Cables colgantes sustituyen lámparas de cristal, y macetas de albahaca y orégano adornan columnas rotas.
La economía de la solidaridad prevalece: Caridad, en el balcón trasero, ofrece consejos mientras sacude su alfombra, y su puerta, como la de Lucí en el primer piso, está siempre abierta. 'Aquí todo se resuelve y se comparte', dice con una sonrisa, refiriéndose a platos de comida, medicinas o cables eléctricos prestados.
Por la tarde, los hombres sacan sillas a la puerta para un juego de dominós, acompañado de ron, risas y café preparado por las mujeres. Los problemas persisten —goteras en el techo, dinero escaso—, pero quedan suspendidos momentáneamente. De noche, bajo una bombilla tenue, susurros se mezclan con un bolero que se filtra por una grieta, observado por la luna entre tendederos.