En las últimas semanas, la bandera pirata de One Piece se ha convertido en un símbolo de protesta global entre la Generación Z, desde Indonesia hasta Madagascar. Esta generación utiliza referencias culturales en redes sociales para articular su descontento con la política tradicional. El político Zohran Mamdani ha capitalizado esta viralidad en su campaña, enfocándose en temas cotidianos como la vivienda y la inflación.
La Generación Z ha transformado memes en un lenguaje político, reemplazando consignas tradicionales por símbolos culturales como la bandera pirata de One Piece, originada en el anime japonés. Esta imagen circula en redes sociales desde Indonesia hasta Madagascar, representando una protesta inédita contra los gobiernos sin un movimiento centralizado, sino basado en una desconfianza compartida hacia la política convencional.
Las protestas ya no se limitan a las calles, sino que ocurren en códigos visuales digitales, donde las imágenes condensan ideas que las palabras no logran expresar en un mundo saturado de discursos. Este fenómeno cultural adquirió relevancia política con Zohran Mamdani, quien utilizó la viralidad como vehículo de campaña. En lugar de dirigirse a militantes partidarios, Mamdani se enfocó en una audiencia digital joven y escéptica, abordando temas como la movilidad, la vivienda, el costo de la vida urbana y el acceso a servicios básicos.
Su estrategia se basó en una lectura precisa del ecosistema digital, permitiendo que el público propagara sus contenidos. Un ejemplo clave es el término “halalflación”, que describe el aumento de precios del arroz y el pollo en carritos de comida callejera frecuentados por trabajadores musulmanes. Como explica Mamdani: “la comida se está encareciendo en la esquina”. Esta aproximación tradujo la inflación en un lenguaje accesible y relatable.
El éxito de Mamdani revela que la Generación Z no es apática por indiferencia, sino por saturación de artificios políticos. Su campaña demostró que la autenticidad genera confianza y votos. Ahora, surgen preguntas sobre si la política tradicional puede adaptarse a un electorado que scrollea con rigor pero no milita, y cómo la credibilidad depende más del tono que del programa. En Colombia y otros lugares, el desafío es reconocer que el poder se disputa en conversaciones digitales.