Las colas en Cuba: un espacio social paralelo

En Cuba, las colas no son solo esperas por productos básicos; son asambleas populares al aire libre, termómetros de la escasez y teatros de supervivencia. Surgidas durante la crisis del Período Especial en los años 90 y consagradas por la COVID-19, estas filas han transformado la sociedad cubana. Representan un ritual nacional donde se negocia la dignidad y se prueba la ingeniosidad.

Las colas en Cuba tienen raíces en la crisis del Período Especial de los años 90, cuando el colapso de la Unión Soviética estranguló la economía de la isla. La escasez se volvió crónica, y el acceso a bienes básicos como pollo o jabón se convirtió en una hazaña heroica. El libro de racionamiento, diseñado para distribuir suministros, normalizó la espera, convirtiendo la cola en una 'democracia de la necesidad': todos, en teoría, tenían derecho a su porción de escasez, siempre que tuvieran tiempo y paciencia.

La pandemia de COVID-19 exacerbó el fenómeno. El turismo, principal fuente de divisas, se evaporó de la noche a la mañana, reduciendo las importaciones. Las industrias nacionales, ya débiles, se ralentizaron aún más. De repente, las colas no eran por un artículo específico, sino por la posibilidad de uno. La gente se alineaba guiada por rumores y fe. “¡Traen carne molida!”, gritaba alguien, y en minutos surgía una serpiente humana de cientos de personas.

Las consecuencias son profundas. El tiempo ha perdido valor: perder seis horas por una caja de pollo se considera rentable, si se logra; de lo contrario, es un día perdido. Esto distorsiona la productividad. Ha surgido el 'colero profesional': personas, como abuelas o desempleados, que esperan por otros a cambio de pago, un empleo informal nacido de la desesperación.

La tensión es palpable: discusiones por turnos, gente que se cuela, incertidumbre generan estrés colectivo que afecta la salud mental. La solidaridad se prueba a diario. Eventos absurdos se han normalizado, como esperar horas por algo que quizás no exista. Las personas planifican sus días e incluso semanas alrededor de rumores de entregas.

Hoy, la cola es el verdadero espacio público de Cuba. Es un microcosmos de la isla: allí se encuentran resignación e inventiva, rabia y humor negro, solidaridad y supervivencia individual. Bajo el sol abrasador o una lluvia repentina, un país entero espera—no solo por jabón, arroz o pastillas para la presión arterial, sino, en el fondo, por un futuro que siempre parece a punto de llegar.

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