En La Habana, los apagones al final del día sumen la ciudad en una oscuridad opresiva, evocando una sensación de guerra sin bombas. Veronica Vega describe cómo los residentes se adaptan con kioscos iluminados por teléfonos móviles y esperan el regreso de la electricidad para retomar una normalidad frágil. Esta situación refleja una resistencia cotidiana ante la adversidad persistente.
Veronica Vega, en su diario publicado el 1 de diciembre de 2025, pinta un cuadro vívido de la vida nocturna en La Habana bajo apagones frecuentes. Al atardecer, la luz natural se desvanece y la mayoría de las ventanas permanecen oscuras, salvo aquellas con lámparas recargables o generadores. La tristeza en el aire se intensifica, haciendo que la ciudad parezca un pueblo fantasma.
En una esquina, un kiosco privado permanece abierto, vendiendo alimentos básicos y dulces. Los clientes iluminan el lugar con sus teléfonos móviles, creando un oasis en la oscuridad. A metros de distancia, un carrito de frutas y verduras se atiende con cerillas si un comprador se acerca. "Siempre tengo la sensación de que estamos en un estado de guerra, uno en el que no se lanzaron bombas, o explotaron mientras estábamos inconscientes", escribe Vega.
Las casas destruidas, calles rotas y personas agotadas por enfermedades como el chikungunya contribuyen a un silencio denso y una desorientación general. Pocos transeúntes rompen la quietud, dando la impresión de un mundo postapocalíptico. Sin embargo, cuando regresa la electricidad, surge la emoción: voces de niños llenan el aire y la gente sale a disfrutar de momentos funcionales.
Nadie menciona los apagones por temor a invocarlos de nuevo. Los cubanos, según Vega, resisten minimizando expectativas y necesidades, refugiándose en sus hogares y preservando ambiciones para tiempos mejores. Esta hibernación colectiva sugiere una fe en que las crisis no duran eternamente.