Eduardo N. Cordoví Hernández, un habitante de La Habana, describe en su diario cómo el chikungunya lo atacó con dolores intensos que le impidieron incluso cambiar de posición para dormir. Incapaz de visitar al médico, enfrentó síntomas como inflamación articular y falta de fiebre alta, usando un termómetro improvisado para monitorearse. Comparte su rutina diaria de manejo del dolor en medio de limitaciones en Cuba.
En una entrada de diario publicada en Havana Times, Eduardo N. Cordoví Hernández relata su encuentro con el chikungunya, una enfermedad que respeta pero no le agrada. El malestar comenzó con dolores agudos que lo inmovilizaron desde el inicio, haciendo imposible cualquier visita al médico. "Me golpeó desde el principio con dolores que ni siquiera me permitían cambiar de posición para conciliar el sueño", escribe.
La inflamación en las articulaciones le impidió usar aspirina, contraindicada por similitudes con el dengue, donde el riesgo es mortal. Sin termómetros disponibles en farmacias de la capital desde hace años, recurrió a un termómetro industrial de casi 60 centímetros. Lo colocaba detrás de la rodilla, iluminándolo con una linterna LED en la boca para estimar lecturas, ya que no retuvo la temperatura corporal. Sus valores nunca superaron los 38 grados Celsius, aunque otros sufrieron fiebres por encima de 39 grados.
En su segunda semana, no podía cerrar las manos ni apretar puños, y subía escaleras con cuidado debido al dolor en tobillos y rodillas. Aun así, caminaba con brío, conteniendo molestias en cuello, hombros y esternón. Su rutina incluía subir a su taller por la mañana, sentarse al sol sin camisa durante una hora, y caminar por la tarde para aliviarse. A las siete u ocho de la noche, con los apagones, se acostaba, despertando varias veces por el dolor hasta el amanecer.
Cordoví compara su caso con amigos del barrio que enfrentaron diarrea nocturna sin electricidad, velas ni agua corriente, y menciona que el dolor puede persistir más de un año según algunos. Vive solo en La Habana, donde tales carencias agravan la experiencia, aunque se considera afortunado por no haber empeorado.