Un perro atropellado por un vehículo en Miramar, La Habana, fue rescatado por vecinos y recibido atención temporal, pero falleció debido a lesiones graves en la pelvis y cadera. Los dueños fueron localizados gracias a una publicación en Facebook, aunque el daño ya era irreversible. El incidente resalta la falta de leyes de protección animal en Cuba.
Hace unos días, Irina Pino caminaba por la Primera Calle en Miramar, La Habana, cuando escuchó aullidos lastimeros. Descubrió a un perro hembra tendido en un parterre bajo un árbol, atropellado por un auto cuyo conductor huyó sin detenerse. Una pareja observó al animal por un rato antes de irse, y Pino decidió regresar tras informar a su vecina Felicia.
Juntas, obtuvieron una caja de cartón y contactaron a un estudiante de veterinaria del barrio. Le dieron agua al perro, que la bebió con desesperación, y lo colocaron en la caja. La madre del estudiante las llevó en auto al apartamento de Felicia, quien lo cuidaría temporalmente. Antes de partir, preguntaron en casas cercanas por posibles dueños; el perro parecía sano, con dientes blancos, no un callejero.
Pino publicó en Facebook solicitando ayuda financiera urgente para traslados en taxi (alrededor de 6.000 pesos) y rayos X (más de 10.000 pesos), ya que no todas las clínicas ofrecen servicios ortopédicos y la gasolina escasea. La historia se difundió gracias a Verónica Vega de Havana Times. Un extranjero ofreció dinero, y una mujer de EE.UU. recomendó la clínica VETPRO en Víbora.
El perro empeoró, gimiendo suavemente; Felicia le dio Duralgin para el dolor, le habló y lo acarició, aunque no comía ni orinaba. El lunes, los dueños contactaron a Pino vía Facebook. Habían adoptado al perro callejero, lo llamaban Crazy por su travesura, y escapó de su patio en la Séptima Avenida cuando un jardinero dejó la puerta abierta. Vivían lejos del lugar del accidente.
Felicia había ido a una clínica en Vedado a consultar costos, planeando pagar con donaciones. Al ver a los dueños, se alegró, habiendo rezado por su aparición. Los dueños se llevaron a Crazy en su auto propio. Pino canceló la donación del español.
Sin embargo, Crazy falleció al día siguiente. Tenía una fisura en la pelvis y la cadera destruida; no pudieron operarla y solo prescribieron tratamiento. Parecía mejorar, pero orinó sangre y murió. Pino y Felicia se sienten impotentes, culpando al conductor insensible y a la ausencia de leyes que protejan a los animales en Cuba, donde ni siquiera los ciudadanos tienen derechos esenciales.