Hace dos décadas, Rosy emigró del oriente de Cuba a La Habana en busca de prosperidad que no llegó. Junto a su esposo, vive en un antiguo almacén farmacéutico abandonado en la esquina de Cárdenas y Gloria, sin electricidad y con agua limitada.
Rosy conoció a su actual esposo en La Habana, quien la llevó a habitar el almacén abandonado tras una inundación en el sótano. El lugar, antes basurero y zona de asaltos, fue convertido en hogar al tapiar las ventanas. El área inundada genera contaminación y mosquitos vectores de enfermedades. Rosy trabajó temporalmente en una cafetería obrera para acceder a alimentos, mientras su esposo recolecta y vende materiales de basureros. Tras un robo en su ausencia, ella decidió quedarse en casa. “Con el favor de Dios, voy a salir adelante”, afirma con fe inquebrantable, orando por otros y donando diezmo a la iglesia o ayudando a desamparados. Adoptó a Niña, una perra callejera que alegra el hogar. Para ella, lavar con “un poco de agua del cielo” es una bendición, y agradece dormir bajo techo, aunque teme la llegada de autoridades para desalojarla.