Una perra callejera llamada Rubia, rescatada del Cementerio de Colón en La Habana, escapó de un refugio en una finca y fue encontrada por casualidad. Tras meses de búsqueda, una pareja la adoptó, donde finalmente se adaptó con felicidad. La historia destaca los esfuerzos de la rescatista Gilda en un contexto de abandono animal.
Rubia era una perra callejera en el Cementerio de Colón en La Habana, sobreviviendo entre tumbas y desconfiando de los humanos. Mujeres bondadosas le llevaban comida pese a las objeciones de la administración del cementerio. Gilda, rescatista de Centro Habana, la capturó a pesar de su resistencia y le realizó una histerectomía para evitar camadas abandonadas. Incapaz de quedársela en casa, donde cuida varios perros, la alojó temporalmente en un apartamento prestado, donde Rubia se aisló por un año, comiendo solo cuando estaba sola. Luego, la trasladaron a una finca con muros altos, pero Rubia excavó un túnel y escapó. Gilda colocó carteles, usó redes sociales y ofreció recompensa. Meses después, mientras Gilda y su hija empujaban una motocicleta averiada, un extraño las ayudó y reveló que tenía a Rubia, encontrada en una zona solitaria. Tras publicar la historia, una mujer contactó a Gilda: su hija quería adoptarla. A pesar de dudas iniciales, al día siguiente Rubia estaba relajada entre la pareja joven y su esposo, comiendo de sus manos.