En muchos hogares cubanos, el agua es un lujo escaso que no fluye de los grifos de manera regular. Las familias organizan su día alrededor de su llegada impredecible, recolectando cada gota en contenedores disponibles. Esta escasez afecta la higiene diaria y el ánimo, convirtiendo lo esencial en un acto de ahorro.
En La Habana, el suministro de agua potable es irregular, como describe Safie M. Gonzalez en su diario publicado en Havana Times el 28 de febrero de 2026. En su hogar y en muchos otros, el agua no acompaña la rutina diaria; llega de forma inesperada, reorganizando las actividades del día y el estado de ánimo de la familia.
Cuando se anuncia su llegada —si es que se anuncia—, todo se detiene. Se reúnen baldes, botellas y ollas; cualquier recipiente sirve. Se calculan prioridades: primero llenar lo esencial, luego ver si alcanza para lavar ropa, platos o bañarse. No se desperdicia ni una gota, y la familia mantiene la vigilancia constante.
El agua que llega no siempre es clara; a veces trae suciedad, óxido y un olor indefinible. Aun así, se recolecta y se trata de manera casera: se deja reposar, se hierve, se cuela y se filtra antes de almacenarla. No hay certeza de cuándo regresará; en algunos edificios de apartamentos, la falta puede durar más de una semana, y en otros, aún más tiempo.
Esta escasez no solo afecta la higiene, sino también el temperamento. El agotamiento se acumula al cargar baldes por escaleras oscuras, posponer duchas y racionar gestos cotidianos como lavarse las manos. Bañarse se convierte en un acto de economía.
A pesar de estar rodeado de agua, el país enfrenta esta paradoja constante: la falta en los hogares genera resignación en lugar de protestas ruidosas. Algunos se organizan con vecinos, otros dependen de camiones cisterna, y muchos simplemente esperan. La escasez se ha normalizado, moldeando la forma en que se habita el espacio, el tiempo y el cuerpo propio. No se vislumbran soluciones realistas en el horizonte, y esperar el agua seguirá siendo parte de la vida cotidiana.