En las ciudades cubanas, el día a día comienza con montones de basura acumulada en esquinas, aceras y patios, un problema de saneamiento que se ha convertido en una constante urbana. Las calles deterioradas, con baches profundos y charcos estancados tras las lluvias, fomentan la proliferación de mosquitos y riesgos para la salud pública. Factores como la recolección irregular de basura y la falta de mantenimiento exacerban esta situación que afecta la calidad de vida de la población.
La escena se repite a diario en las urbes cubanas: pilas de residuos sólidos, incluyendo bolsas rotas, desperdicios de comida, muebles descartados y animales muertos, inundan las vías públicas y eliminan cualquier orden urbano. Este panorama de deterioro no sorprende ya, pero sigue siendo alarmante, según describe Safie M. González en su diario para Havana Times.
Las calles presentan grietas extensas y secciones intransitables que obligan a peatones y conductores a improvisar rutas. Tras cada precipitación, las superficies irregulares forman charcos que perduran días, semanas o meses, promoviendo la reproducción de mosquitos y elevando el riesgo de enfermedades. La ausencia de drenaje adecuado y el mantenimiento deficiente agravan el impacto en la salud pública.
El acúmulo de basura responde a causas múltiples: recolección irregular, recursos escasos, equipos averiados y una gestión deficiente del saneamiento urbano. La población convive con focos de contaminación a metros de sus hogares; los niños juegan cerca de vertederos improvisados, los ancianos enfrentan dificultades en aceras dañadas, y todos sortean obstáculos en sus desplazamientos.
Más allá de las consecuencias sanitarias, estas condiciones insalubres merman la calidad de vida y el bienestar emocional. Recorrer la ciudad implica vigilancia constante ante olores fétidos, moscas y agua sucia, en contraste con la belleza natural por la que Cuba es reconocida. A pesar de ello, persisten gestos individuales de responsabilidad: vecinos barriendo frente a sus casas, colocando piedras o tablas para cruzar calles inundadas, e iniciativas comunitarias para mitigar el problema. Sin embargo, estas acciones no bastan; se requiere atención urgente, planificación eficiente y voluntad institucional para resolver esta realidad persistente que demanda espacios seguros y habitables.