En un viaje en autobús con niños con discapacidades de aprendizaje, una cubana se enfrenta a la omnipresencia de la música reparto, un género con letras explícitas que contrasta con la rica herencia musical de la isla. Fabiana del Valle reflexiona sobre cómo este sonido ha reemplazado la poesía tradicional por ruido vulgar. Ella argumenta que esto normaliza un discurso que carece de profundidad cultural.
Fabiana del Valle, en su diario publicado en Havana Times, relata un incidente reciente al viajar a casa de su madre en Cuba. Tras esperar una hora en la parada de autobús, subió a un vehículo que transporta estudiantes de una escuela especial para niños con retrasos en el aprendizaje. El conductor reproducía a todo volumen una canción de Bebeshito, artista de música urbana cubana en el género reparto.
Este estilo, originado en Cuba alrededor de 2007, fusiona reggaemuffin, reggaetón, timba y rumba cubana. Sus letras son explícitas, crudas, vacías y repetitivas, con contenido sexual que se mezclaba con la risa inocente de los niños, según del Valle. "Frases cargadas de contenido sexual se colaban entre la risa de los niños, mezclándose con una inocencia que quisiera proteger del ruido y la vulgaridad", escribe.
Del Valle contrasta esto con la música cubana tradicional, que era sinónimo de poesía, identidad y alma, expresada en claves, sones, boleros y trovas. Hoy, el reparto domina en esquinas, parques, bares, tiendas y autobuses, adoptado como marcador de identidad incluso por personas de diferentes edades. Sus letras hablan de dinero, cuerpos desnudos y fiestas, justificado por defensores como reflejo de una sociedad en lucha por sobrevivir.
Las instituciones culturales han promovido este género en medios públicos y programas comunitarios durante tres décadas, mientras artistas talentosos crean desde los márgenes. Del Valle lamenta la normalización de este discurso, que carece de discernimiento y poder formativo. La música, afirma, moldea el gusto, despierta la imaginación y educa el oído y el alma.
"Cuba sigue siendo un país de músicos talentosos, pero el paisaje sonoro actual parece más una caricatura que una herencia", concluye. Ese día en el autobús, del Valle miró por la ventana pensando en cómo esta música podría confinar a los niños en una burbuja repetitiva, sin espacio para sensibilidad o juego.