Cuba, el país de la sigüaraya

En un ensayo reflexivo, el escritor cubano Eduardo N. Cordoví describe a Cuba como 'el país de la sigüaraya', un árbol emblemático que simboliza las contradicciones y absurdos de la nación. A través de anécdotas de su barrio Lawton en La Habana, ilustra la evolución de un vecindario próspero a uno marcado por la corrupción y la decadencia. Critica cómo los líderes actuales exigen defender logros inexistentes, exacerbando las paradojas sociales.

La sigüaraya, conocida científicamente como Trichilia havanensis, es un árbol cubano de follaje exuberante asociado en el folclore al orisha Changó, sincretizado con Santa Bárbara. Popularizado en la canción 'Mata siguaraya' de Benny Moré, donde se advierte que 'sin permiso no se puede cortar' por su 'poder', el tema fue difundido globalmente por artistas como Oscar D'León y Celia Cruz. En 2017, Jamila Medina Ríos publicó el libro País de la siguaraya, consolidando su uso metafórico para describir Cuba desde los inicios de la república, rivalizando con la palma real como emblema nacional de contradicciones.

Cordoví, residente en Lawton, un barrio marginal en las afueras de La Habana, recuerda su pasado económico privilegiado con áreas residenciales como Vista Alegre o Alturas de Lawton. El vecindario albergaba tiendas en las esquinas, puestos de jugo de caña, panaderías, farmacias, lavanderías y más. Contaba con dos mataderos de ganado grandes, dos terminales de autobuses que conectaban con lugares remotos, y seis cines, uno con escenario para actuaciones de figuras como el chileno Oswaldo Gómez (El Indio Araucano) y el argentino Luis Aguilé en los años 50. Cercano estaba el cabaret Alí Bar, rival en fama del Tropicana.

Hacia finales del siglo XX, Lawton ocultaba un poder económico subterráneo mediante el comercio ilegal de carne de res, impulsado por corrupción oficial y robos de pandillas, lo que generó crímenes y ataques. Surgieron salas de juego privadas con juegos como silo, cubilete, la siete y media, fañunga con dominós, mesas de billar e incluso ruleta, evocando una 'película gangsteril casera' con tiroteos en las calles.

Hoy, las contradicciones escalan: los jerarcas incitan a una 'guerra extraordinaria' para defender 'las conquistas ganadas' —es decir, lo que ya no existe y no regresará bajo su liderazgo. Cordoví concluye: '¡Esto es el país de la sigüaraya!'

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