En el corazón del vasto Jardín Botánico Nacional de La Habana, el Jardín Japonés cuenta una historia de amistad, belleza y abandono gradual. Inaugurado en 1989 como regalo de la comunidad japonesa en Cuba y el gobierno de Japón, este espacio de armonía y contemplación ahora sufre el deterioro por falta de mantenimiento. A pesar de las aguas turbias y puentes dañados, sigue atrayendo a celebraciones locales como las fiestas de quinceañeras.
El Jardín Japonés forma parte del extenso Jardín Botánico Nacional de La Habana, dedicado a la conservación de la flora cubana y mundial. Diseñado según principios tradicionales japoneses, buscaba ofrecer un lugar de paz con un lago sereno habitado por carpas koi, puentes de madera y una elegante pagoda integrada en el paisaje cubano.
Inaugurado en 1989, simbolizaba la amistad entre Cuba y Japón. Sin embargo, el paso del tiempo y la ausencia de cuidados han transformado su encanto. El lago, antes un espejo de agua con peces coloridos, se ha convertido en un estanque fangoso cubierto de vegetación invasora, sin rastro de las carpas. Los puentes, rutas para paseos reflexivos, ahora carecen de barandales y muestran daños por termitas y humedad, representando un riesgo.
Aun así, el jardín mantiene su atractivo. Es un escenario preferido para fotos de quinceañeras, donde las jóvenes posan entre senderos sinuosos, vegetación exuberante y la pagoda imponente. Esta persistencia ofrece una belleza melancólica que resiste la decadencia, sirviendo como metáfora del patrimonio cultural y natural que, sin atención, pasa de santuario a reflejo de negligencia. La pagoda permanece erguida, evocando esperanza de renovación.