En la calle 160 del municipio de La Lisa, en La Habana, dos almendrones permanecen inmóviles, guardando más de medio siglo de historia urbana. Estos automóviles estadounidenses de mediados del siglo XX llegaron a Cuba en los años 40 y 50, durante un período de intensas importaciones vehiculares. Su abandono actual refleja el agotamiento de un modelo de supervivencia mecánica que perduró por décadas.
Los almendrones, fabricados probablemente entre finales de los años 40 y los 50, formaron parte de la expansión de la flota automotriz nacional en Cuba. Antes de 1959, el país tenía una de las tasas más altas de automóviles estadounidenses per cápita en América Latina. La Habana se modernizó al ritmo del automóvil, con nuevas avenidas, estaciones de servicio y talleres de reparación. Modelos de Chevrolet, Ford, Plymouth y Dodge eran comunes en el paisaje cotidiano.
La interrupción del comercio con Estados Unidos a principios de los años 60 transformó estos vehículos en bienes no renovables. Surgió una cultura mecánica basada en la preservación, reparación y transformación, con reutilización de piezas, adaptación de motores y transmisión de conocimientos generacionales. Cada almendrón se convirtió en una solución individual, moldeada por la necesidad y la ingeniosidad.
Por décadas, estos autos jugaron un rol clave en el transporte urbano y suburbano, sirviendo como taxis colectivos, vehículos familiares y de trabajo. En barrios como La Lisa, alejados del centro histórico, facilitaban el traslado de niños a la escuela, el transporte de mercancías y la conexión entre áreas residenciales, industriales y comerciales.
Hoy, en la calle 160, su pintura desgastada, óxido extendido y elementos faltantes indican que ya no pueden cumplir su función original. Su inmovilidad resulta de un agotamiento gradual, no de un abandono repentino. A pesar de ello, conservan valor histórico como remanentes materiales de una etapa prolongada de vida urbana, reflejando transformaciones económicas, sociales y técnicas del país. No interrumpen el tráfico; simplemente están allí, como testigos discretos de un tiempo que aún pesa en la ciudad.