En San José de las Lajas, una fila temprana se formó frente a la farmacia del barrio La Micro ante la llegada de algunos medicamentos escasos. Residentes como jubilados y maestros priorizan tratamientos para enfermedades crónicas sobre compras de comida, destacando la escasez prolongada en Cuba. Esta situación refleja la reorganización de la vida diaria alrededor de la falta de suministros médicos.
A las siete de la mañana, la puerta verde de la farmacia en el barrio La Micro de San José de las Lajas ya tenía una cola que se extendía hasta la esquina. Sin anuncios oficiales, la noticia de la llegada de medicamentos se propagó de boca en boca, impulsando a vecinos a dejar tareas pendientes para unirse a la espera con sus tarjetas de racionamiento.
Mabel, una maestra de segundo grado, comentó que el captopril no había llegado en más de cuatro meses, obligándola a comprarlo en la calle por 500 pesos por paquete, un gasto que consume gran parte de su salario. Abandonó su clase para estar allí, enfatizando: “Esto no es avanzar, es no quedarse sin nada”.
Zenaida, una arquitecta jubilada de 67 años, llegó a las cinco de la mañana y ocupó el séptimo lugar. “Los 1.000 pesos que ahorré para un poco de carne van a ir a medicinas”, dijo resignada. Sufre varias enfermedades crónicas y prefiere pasar el 31 de diciembre con arroz y frijoles antes que con dolores articulares.
Dentro de la farmacia, un empleado controlaba el acceso, limitando a tres recetas por persona para evitar desordenes. Los disponibles incluían captopril, algo de clonazepam y analgésicos limitados, insuficientes para todos. Las conversaciones giraban en torno a prescripciones vencidas, precios informales elevados y sospechas de favoritismos en la distribución.
Esta llegada ofrece un respiro temporal, no una solución, en un sistema de salud afectado por robos y falta de supervisión. En San José de las Lajas, como en el resto del país, la escasez obliga a elecciones duras entre alimentación y salud.