Lien Estrada, colaboradora habitual en iniciativas de ayuda, participó en una comida de Navidad organizada para personas sin hogar en el Centro Macroecuménico San Egidio de La Habana. Motivado por beneficios para su salud mental, Estrada ayudó sirviendo alimentos y escuchando historias personales. La experiencia la dejó reflexionando sobre la fe y la pérdida en medio de las dificultades cubanas.
En su diario personal publicado en Havana Times, Lien Estrada describe cómo pasó la Navidad del 25 de diciembre participando en una actividad solidaria. Una hermana de fe la invitó a ayudar en una comida para personas en situación de calle en el Centro Macroecuménico San Egidio, ubicado en la calle Aricochea, cerca del complejo deportivo de La Habana.
Estrada explica que su motivación principal no es solo altruista, sino terapéutica: sufre de tendencias depresivas heredadas de su familia materna, y acciones caritativas generan dopamina y serotonina, contrarrestando la tristeza. "Es como las vitaminas que mi tía me da cada mañana con el desayuno", escribe, tomándolo en serio por razones de salud mental.
Al llegar, encontró a unas veinte personas sentadas en bancos y sillas. Saludó a cada una con un apretón de manos y un "Feliz Navidad", sonriendo con respeto. En la cocina, ayudó a servir platos de congrí, carne y vegetales de raíz en platos plásticos, mientras sonaban villancicos tras el restablecimiento de la electricidad. Luego, lavó una gran cantidad de platos, agotándose en el proceso.
Un momento impactante fue cuando un joven desaliñado, posiblemente alcohólico, le contó que había perdido todo. Estrada lo escuchó atentamente, respondiendo con un mensaje de fe: "debemos mantener la fe por encima de todo, a pesar de todo". Sin embargo, se sintió avergonzada por no saber qué más decir, reconociendo que ella misma ha perdido mucho en la vida cubana.
Tras la comida, hubo un programa cultural que Estrada valoró, recordando las palabras de Cristo: "El hombre no vive solo de pan". Salió exhausta antes del discurso del obispo, afectada por secuelas de un virus que le causa dolor en los brazos. Caminó a casa, descansando como una anciana, y compartió la experiencia con su madre y tía, quienes se alegraron, aunque la pregunta persiste: ¿qué decir a quien lo ha perdido todo?
Esta reflexión personal destaca las luchas cotidianas en Cuba, donde la comida es una odisea y el apoyo comunitario, vital.