Verónica Vega reflexiona sobre cómo la Navidad en Cuba ha evolucionado desde su prohibición hasta su legalización en 1998, pero este año se tiñe de tristeza por la crisis actual. A pesar de ser permitida, la festividad no trae la alegría esperada en medio de la pobreza y las dificultades. La autora anhela un renacimiento para el nuevo año.
En su infancia, Verónica Vega solo conocía la Navidad a través de películas estadounidenses y postales de Nueva York enviadas por su padre, un mundo mágico distante para las cubanas. Su madre aclaraba que Santa Claus no existía y los regalos provenían del trabajo del padrastro o la costura de ella en una máquina Singer. No había obsequios en esas fechas, solo comidas especiales y frituras caseras.
A los veinte años, con su primer novio, la Navidad se convertía en salidas a restaurantes asequibles con salario, llenas de atmósfera festiva y esperanza por prosperidad y libertad, sin connotaciones religiosas.
En los primeros años de los 1990, asistió a una Misa de Medianoche en la Catedral de La Habana Vieja, donde el sacerdote enfatizó: “La Navidad aquí está prohibida, pero nadie puede impedirnos celebrarla en nuestros hogares. Busquen una rama de pino y decórenla como puedan—que nadie nos quite esa felicidad especial del nacimiento del niño Jesús…!”. Vega describe la Navidad como una energía que disuelve rencores, un recordatorio de convivencia humana sin arrogancia ni competencia, aunque mezclada con cenas que involucran sufrimiento animal.
Tras la visita del Papa Juan Pablo II en 1998, la Navidad se despenalizó: por primera vez, una imagen de Jesucristo cubrió una fachada visible desde la Plaza de la Revolución; se permitió mencionar “Dios” en radio y televisión; se autorizaron sermones cristianos y se declaró feriado el Viernes Santo. Tiendas en dólares vendieron árboles plásticos desmontables y accesorios navideños, invadiendo el país con promesas de un mundo inclusivo.
El Papa expresó: “Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades, y que el mundo se abra a Cuba”. Veintisiete años después, en 2025, Cuba enfrenta devastación por corrosión continua: familias separadas o unidas en pobreza y hacinamiento, emigrantes frustrados, virus, abusos, apagones prolongados y precios abusivos. En su comunidad, pocas casas decoradas, y el mensaje papal resuena como presagio. Vega concluye que, aunque permitida, Cuba no ha tenido una verdadera Navidad, y urge que el estatismo se rompa por la fuerza de la vida y el sentido común para renacer más allá del límite entre enfermedad y descomposición.