En La Habana, los apagones programados o inesperados de hasta 12 horas se han convertido en una constante que obliga a los cubanos a reorganizar sus rutinas diarias. Familias como la de Laura, de 68 años, priorizan cocinar antes de las interrupciones para evitar que se eche a perder la comida en refrigeradores limitados. Estas fallas eléctricas afectan el trabajo, la salud y el bienestar psicológico de millones.
Los apagones en Cuba transforman la existencia cotidiana en un estado de emergencia permanente. A las 9:00 PM en La Habana, el ventilador se detiene, el televisor se apaga a mitad de una telenovela y la luz tenue desaparece, desencadenando un coro de exclamaciones sobre la falta de electricidad. Millones enfrentan interrupciones de 6 a 12 horas, planeando sus vidas alrededor de estos horarios volátiles, que cambian frecuentemente y no siempre se respetan.
En hogares típicos, como el de Laura, el menú semanal se ajusta a los cortes de energía. 'Si sé que se va la luz a las 2 PM, tengo que cocinar todo antes del mediodía — esa es la prioridad', explica mientras prepara arroz y frijoles. Los refrigeradores, llenados con gran esfuerzo, arriesgan echar a perder leche para niños e insulina. Las noches sin poder llevan a dormir en patios o balcones en busca de brisa, mientras velas escasas iluminan tareas escolares. El agua, dependiente de bombas eléctricas, se raciona, con familias llenando recipientes al amanecer.
El sector laboral sufre paralizaciones: talleres y negocios como cafés o salones de belleza cierran, con pérdidas por comida echada a perder y clientes ausentes. Oficinistas acuden a trabajos oscuros, simulando productividad en el calor. El trabajo remoto se interrumpe, evaporando ingresos y proyectos. En el campo, sistemas de riego fallan, cultivos se pudren y la producción lechera se detiene.
La salud se ve vulnerable: hospitales operan al límite con generadores, ancianos con equipos médicos viven ansiosos, y calles oscuras aumentan la inseguridad y el crimen. La conectividad a internet y teléfonos se pierde. Redes vecinales comparten horarios vía WhatsApp o boca a boca, fomentando solidaridad en porches iluminados por velas, entre quejas.
El costo psicológico es profundo: estrés crónico, hopelessness por la imposibilidad de planificar, horas de estudio limitadas y normalización de la oscuridad en niños. Al regresar la luz, inicia una carrera para refrigerar, cocinar y cargar dispositivos, antes de que el ciclo se repita. Estas fallas no son solo técnicas, sino una fuerza que reconfigura hogares y trabajos.