Louis Sarkozy, hijo del expresidente, se presenta a la alcaldía de Menton con una estrategia audaz que combina esfuerzos sobre el terreno y redes sociales. En una ciudad favorable a la Agrupación Nacional, el candidato de 28 años recurre al humor autocrítico y a interacciones directas para hacerse un nombre. Su campaña, con anécdotas y citas, busca captar la atención pese a las críticas.
Louis Sarkozy, de 28 años e hijo del expresidente Nicolas Sarkozy, está haciendo campaña para la alcaldía de Menton, en los Alpes Marítimos. Esta ciudad, conocida por su fuerte apoyo a la Agrupación Nacional, es un terreno difícil para el candidato, que adopta un enfoque llamativo.
El sábado a mediados de diciembre, durante una visita al Intermarché local, Louis Sarkozy interpela a los compradores con humor: «¡Venid a mi oficina, habrá vino caliente!». Añade riendo: «¡Habrá también champán. Otro político que miente! Si una mentira no pasa, ¡hay que añadir más!». A gusto en el terreno, ya sea en la calle, el supermercado o el club de tenis durante el torneo de las Licornes, habla deprisa, comparte anécdotas y cita a autores como Kipling, Chateaubriand o Benjamin Constant. Admite incluso con naturalidad: «A veces me las invento o me autocito».
Ante las burlas por su presunción, responde con autodesprecio diciéndole a una clienta: «Votad a un hombre alto, moreno, de ojos verdes y rebosante de encanto». Los desplantes y las miradas molestas no lo arredran. Asemeja la política al amor: «En política es como en el amor: o te rechazan o se entusiasman. Lo peor es la indiferencia». Esta metáfora reaparece en sus discursos, resaltando su estrategia para transformar rechazos en entusiasmo y contrarrestar la apatía en una ciudad políticamente polarizada.