El homicidio de Quentin Deranque, un militante de extrema derecha, el 14 de febrero, ha situado al antifascismo en el centro de un debate político sobre la brutalidad militante. En una tribuna, el historiador Pierre Salmon enfatiza que el antifascismo, originado en la Italia de los años 20, rechaza en gran medida la violencia a diferencia de sus oponentes fascistas.
La muerte de Quentin Deranque, ocurrida el 14 de febrero, ha convertido al antifascismo en un objetivo político, con frecuentes asociaciones entre militantes antifascistas y el uso de la brutalidad. Según el historiador Pierre Salmon, experto en la materia, esta visión pasa por alto la compleja historia del antifascismo, que se desarrolló en Europa a partir de los años 20 como un movimiento de resistencia más que como un dogma rígido. Antifascismo no puede reducirse a la violencia, explica Salmon. Es un movimiento fluido, moldeado por recomposiciones políticas locales y transnacionales. Un ejemplo clave es el Frente Popular francés (1936-1938), elegido contra la miseria, la guerra y el fascismo. Esta coalición, que abarcaba corrientes moderadas y radicales, no abogaba abiertamente por el uso de la fuerza en la política, incluido el Partido Comunista Francés en ese momento. Esta diversidad intrínseca explica la relación ambivalente del antifascismo con la violencia y la legalidad desde sus orígenes. Desde principios del siglo XX, la represión policial y los ataques de grupos de extrema derecha provocaron un principio de autodefensa en la izquierda. Este enfoque, que imitaba la violencia callejera, a veces apuntaba a objetivos insurreccionales a largo plazo, aunque la mayoría de los antifascistas favorecen el legalismo, el pacifismo y el antimilitarismo como elementos centrales de sus culturas militantes. Salmon contrasta esto con el culto inherente a la brutalidad en los fascismos, señalando que la historia muestra que la violencia asusta más a los antifascistas que los atrae.