San La Muerte representa una devoción controvertida y reservada en Argentina, originaria del nordeste del país, donde se invoca para protección y justicia en contextos de marginalidad. Esta figura, no reconocida por la Iglesia Católica, se transmite de manera privada y familiar, con rituales ocultos en hogares y comercios. Su persistencia refleja la búsqueda de seguridad en situaciones de incertidumbre y exclusión social.
La devoción a San La Muerte se enraíza en el nordeste argentino, particularmente en provincias como Corrientes, Chaco y Formosa, donde la tradición oral la describe como una entidad protectora en momentos críticos. Representado como un esqueleto tallado en madera, hueso o plomo, difiere de la iconografía cristiana al simbolizar una muerte controlada en lugar del juicio final.
Los fieles lo llaman para resguardarse de amenazas personales, enemigos o injusticias que las instituciones no resuelven. A diferencia de santos con templos públicos, sus altares permanecen escondidos en residencias, negocios o áreas restringidas. Los rituales incluyen velas negras o rojas, bebidas alcohólicas y ofrendas individuales, adaptados por tradiciones familiares o locales.
Antropólogos como Hugo Ratier destacan que estas prácticas surgen en zonas de exclusión social, donde el Estado falla en proveer justicia y seguridad. "Formas alternativas de religiosidad que emergen donde el Estado y las instituciones fallan en garantizar seguridad y justicia", explica Ratier. La Iglesia Católica mantiene distancia de este culto, que no ha sido institucionalizado.
En prisiones, adquiere relevancia como amuleto protector, con pequeñas figuras portadas por los internos. Su secreto fortalece el misterio, y la transmisión es hereditaria, de padres a hijos o padrinos. En décadas recientes, ha migrado a entornos urbanos, coexistiendo con otras espiritualidades alternativas. Esta fe marginal une temor, esperanza y justicia simbólica en diversos estratos sociales.