En el año del centenario de Fidel Castro, las autoridades cubanas intentan revivir su legado, pero muchos ciudadanos prefieren enterrarlo en el olvido. Una anciana cubana de 80 años guardó su foto con él en un cajón, reemplazándola por una de su nieta, reflejando un sentimiento general de vergüenza y rechazo.
La figura de Fidel Castro, quien gobernó Cuba durante más de medio siglo, atraviesa su punto más bajo en la opinión popular. Nacido en Birán, Holguín, en 1926, el líder revolucionario se asocia ahora con el odio hacia los diferentes, la bravura revolucionaria y el desprecio por la disidencia, rasgos que moldearon la política interna y la diplomacia cubana.
Una historia personal ilustra este cambio: Rita, ingeniera jubilada de 80 años, exhibía orgullosa una foto con Castro en su sala por décadas. Sin embargo, hace años la reemplazó por un retrato de su nieta recién nacida, y la imagen descolorida acabó en un cajón. Hoy, enfrenta apagones de más de diez horas diarias y siente vergüenza y molestia al verla, donde el hombre uniformado le coloca una medalla.
A pesar de las fotos en oficinas gubernamentales y las convocatorias para celebrar su centenario, la mayoría de los cubanos evita mencionar su nombre, como si fuera un hechizo que pudiera resucitarlo. Pocas hogares conservan sus imágenes; los carteles de 'Esta es tu casa, Fidel' solo perduran en memorias, y los diplomas con su firma se guardan fuera de la vista. Los abuelos evitan hablar de él, los exiliados niegan haberlo apoyado, y quienes llevan su nombre alegan que fue en honor a un tío fallecido joven. Nadie desea esa sombra barbuda sobre sus vidas.
Un siglo después, los cubanos buscan enterrar por completo al hombre que intentó marcar cada segundo y milímetro de la vida nacional. Ha llegado a ser tan irrelevante que ni siquiera figura en las maldiciones cotidianas.