La hija de un inmigrante cubano en Brasil comienza su educación formal en portugués, mientras la familia preserva sus raíces hispanohablantes en casa. Osmel Almaguer reflexiona sobre el equilibrio entre la integración en el país anfitrión y la herencia cultural de Cuba.
Osmel Almaguer, un inmigrante cubano en Brasil, comparte en su diario la experiencia de su hija al iniciar el año escolar en el estado de Paraná. La niña, que llegó al país con dos años y ha vivido allí apenas tres, comenzó clases el 10 de febrero, fecha de inicio en esa región. A diferencia de Cuba, donde el año escolar empieza en septiembre, en Brasil varía por estado, comenzando en muchos el 5 de febrero o antes.
En la escuela, aprenderá a leer y escribir en portugués, recibiendo información sobre las leyes y costumbres brasileñas. Cantará el himno nacional brasileño y no saludará la bandera cubana, a menos que la familia regrese a la isla. Almaguer describe cómo su hija se convertirá en 'un poco brasileña y un poco cubana, pero nunca completamente una u otra'.
En casa, solo se habla español, con expresiones cubanas como 'sopapo', 'bonche' o frases idiomáticas como 'le zumba el mango'. El sistema educativo brasileño ocupa posiciones bajas en rankings internacionales, aunque ha mejorado el acceso y la calidad es superior en estados sureños como Paraná, pese a las críticas internas.
La familia planea enseñarle español para preservar sus raíces, ante la posibilidad de retornar a una Cuba libre o emigrar a otro país hispanohablante, especialmente si Brasil enfrenta crisis como la de Venezuela. El primer día, la niña fue acompañada solo por su madre, ya que Almaguer estaba trabajando. La familia, compuesta por tres miembros, confía en la guía divina para su futuro.