Mientras el Gobierno y la Iglesia negocian indemnizaciones para casi 3.000 víctimas, asociaciones como Betania facilitan procesos de restauración más allá del dinero. Antonio Sánchez, Silvia Martínez y Fernando Carrascal comparten sus historias de abusos en la infancia y encuentros recientes con representantes eclesiales. Estos relatos destacan el impacto duradero en sus vidas.
Antonio Sánchez, de 76 años, sufrió abusos sexuales en 1961 a los siete años por un fraile mientras estaba ingresado por poliomielitis en un hospital de Madrid. "Sé que ocurrió varias veces, pero no sé si fueron tres o 14", relata. Tras décadas de silencio, denunció su caso en 2022 y, con ayuda de Betania, la institución identificó al abusador —fallecido en 1981— y le pidió perdón en nombre propio y de su familia.
Silvia Martínez, de casi 40 años, fue abusada por el fraile Julio entre los siete y nueve años en su colegio. Abrió la cuenta de Instagram RecuerdasaJulio en mayo de 2023 para contactar víctimas. "Me robaron mi vida", dijo en un encuentro el 10 de enero de 2026 en un hotel de Madrid con seis víctimas, cinco representantes de la Iglesia y Betania.
Fernando Carrascal, de 70 años, padeció abusos múltiples desde los tres años por un vecino, en seminarios y por tíos sacerdotes. "El mayor daño es que he ocultado a mis hijos quién soy", confiesa. Busca reparación sin perdón explícito.
Teresa Compte, presidenta de Betania —creada en 2019—, explica que han atendido a 185 personas y facilitado 40 procesos con acuerdos por 1,3 millones de euros. En las últimas semanas, el Gobierno y la Iglesia negocian un convenio supervisado por el Defensor del Pueblo, con la Iglesia asumiendo costes desde enero.