La Iglesia católica celebraba antaño la circuncisión de Jesús el 1 de enero, y el santo prepucio se convirtió en una de las reliquias más peculiares del cristianismo. Sin embargo, en 1900, el Vaticano prohibió su veneración por temor a curiosidades irreverentes. Esta historia, llena de leyendas y multiplicaciones improbables, muestra cómo las creencias antiguas moldearon la imaginación religiosa.
Durante siglos, el prepucio de Jesús, retirado durante su circuncisión ocho días después del nacimiento, fue venerado como una reliquia sagrada en la tradición católica. La fiesta de la circuncisión se celebraba el 1 de enero, y numerosas iglesias europeas afirmaban poseer el auténtico artefacto. Lugares como Aquisgrán, Amberes, Bolonia, Brujas, Calcata, Compostela, Nancy, París, Toulouse y Valladolid albergaron supuestos prepucios, superando la decena en todo el continente.
Las leyendas medievales relatan que María entregó el prepucio a María Magdalena el día de la circuncisión, quien se lo pasó a un ángel. Siglos después, el ángel supuestamente se lo dio a Carlomagno en Aquisgrán. Esta proliferación no provenía de milagros, sino de la firme convicción de los creyentes en la autenticidad de sus reliquias locales, lo que resultó en la veneración de muchos falsos.
El 3 de agosto de 1900, el Santo Oficio de Roma emitió un decreto que amenazaba con excomunión a cualquiera que venerara o siquiera escribiera sobre el prepucio, para frenar la 'curiosidad irreverente'. Figuras históricas contribuyeron al folclore: el erudito griego Leo Allatius propuso que el prepucio ascendió con Jesús al cielo, formando el anillo de Saturno. Santa Catalina de Siena describió un matrimonio místico con Cristo, donde el anillo en su dedo era la reliquia misma.
Esta peculiar narración, aunque suprimida, profundiza la apreciación de las tradiciones navideñas más allá de las celebraciones familiares.