La nueva conducción de la CGT, encabezada por un triunvirato, inicia una semana de reuniones internas para definir su posición frente al proyecto de reforma laboral impulsado por el Gobierno de Javier Milei. Líderes como Octavio Argüello criticaron duramente la iniciativa, calificándola de flexibilización que atenta contra los derechos de los trabajadores. El Gobierno defendió el proyecto, asegurando que no quitará derechos.
La Confederación General del Trabajo (CGT) entró en una fase clave con su nueva conducción, electa en un congreso donde la lista mayoritaria obtuvo 1604 votos de delegados. El triunvirato integrado por Cristian Jerónimo (Vidrio), Jorge Sola (Seguros) y Octavio Argüello (Camioneros) asumirá hasta 2029, en un momento marcado por tensiones internas y el desafío de mantener la unidad sindical. La Unión Tranviarios Automotor (UTA), liderada por Roberto Fernández, abandonó la central tras las elecciones, pero la nueva dirigencia apuesta a reincorporarla para fortalecer el frente obrero.
Esta semana, el Consejo Directivo celebrará su primera reunión, preparando el terreno para evaluar el diálogo con el Gobierno respecto al proyecto de reforma laboral de Javier Milei. Argüello, en declaraciones a Radio Rivadavia, lanzó críticas contundentes: "Llamemos a las cosas por su nombre. Esto no es una reforma ni una modernización. Esto es una flexibilización laboral. Una cosa es modernizar [...] pero eso no significa que nos quieran quitar los derechos y llevarnos a la esclavitud". Advirtió que, ante un avance sin consenso, la CGT actuará en el Congreso, la Justicia y la calle, recordando acciones previas contra el DNU 70/23 y límites al derecho de huelga.
El Gobierno respondió defendiendo la iniciativa. El diputado Luis Petri, futuro ministro de Defensa, afirmó que "no va a quitar derechos", en el contexto de una reconfiguración del Congreso que beneficiará al oficialismo. Argüello también acusó al Ejecutivo de ser "un desastre" que ataca al movimiento obrero, la salud, las personas con discapacidad y los jubilados, atribuyendo el impulso reformista a influencias como la Embajada de Estados Unidos y el FMI. La CGT insiste en la necesidad de diálogo, pero endurece su postura: "Si no hay diálogo, habrá calle".
Este posicionamiento refleja el momento decisivo para el sindicalismo, que busca preservar conquistas laborales en un escenario de presiones económicas y políticas.