Los presidentes de las principales regiones de Francia, al frente de poderosas autoridades locales, construyen perfiles nacionales desde sus bases locales. Desde la reforma de 2016 que redujo las regiones de 22 a 13, varios líderes ven sus posiciones como trampolines, aunque el éxito en la cima no está garantizado.
Desde el comienzo del siglo, las regiones de Francia han surgido como actores centrales en la política nacional. El 1 de enero de 2016, su número se redujo de 22 a 13 regiones metropolitanas, consolidando su rol como entidades clave de estructuración en el país. A su cabeza están figuras influyentes, a menudo llamadas barones, que dirigen autoridades locales estratégicas y poderosas.
Varios presidentes regionales aprovechan este anclaje local para impulsar sus ambiciones nacionales, con la vista posiblemente puesta en el Palacio del Elíseo. Ejemplos destacados son Xavier Bertrand, de Les Républicains (LR), en Hauts-de-France; Valérie Pécresse, también de LR, que dirige Île-de-France y se presentó a la presidencia en 2022; y Carole Delga, del Parti Socialiste (PS), en Occitanie. Estos casos ilustran cómo las regiones pueden servir de trampolines políticos.
Un ejemplo paradigmático tuvo lugar en 2002, cuando Jean-Pierre Raffarin, presidente de la región de Poitou-Charentes, fue nombrado primer ministro por Jacques Chirac: la primera vez que un líder regional accedió a Matignon. Le Monde comentó entonces: «En una época de rechazo al centralismo parisino, las raíces provincianas del presidente de la región Poitou-Charentes son un activo; esto le permitirá, en sintonía con la retórica de Chirac, defender la 'Francia de abajo' frente a las élites». El propio Raffarin afirmó: «La región es un pequeño Matignon».
No obstante, un feudo regional no garantiza el camino al éxito supremo. Si bien las regiones ofrecen visibilidad y experiencia de terreno, el salto al escenario nacional depende de factores más amplios como alianzas partidarias y dinámicas electorales.