El exministro cubano de economía alejandro gil fue condenado a cadena perpetua por cargos de corrupción y espionaje a favor de la cia. El proceso judicial se caracterizó por un alto nivel de secretismo, sin transparencia ni acceso a detalles verificables. Analistas ven en este caso un movimiento político para culpar a un individuo por los fracasos del plan de reorganización económica en medio de la peor crisis desde los años 90.
El caso de alejandro gil, exministro de economía y planificación, ha generado amplio debate en cuba debido a la opacidad del proceso legal. Según reportes, gil fue acusado de corrupción grave y, en un giro dramático, de espionaje para la agencia central de inteligencia de estados unidos (cia). La sentencia de cadena perpetua se dictó sin un juicio público, lo que impidió cualquier escrutinio detallado de las evidencias.
Cuba atraviesa su peor crisis económica desde el periodo especial de los años 90, con inflación descontrolada, salarios diezmados y escasez crónica de bienes básicos. El plan de reorganización económica, impulsado por el gobierno y aprobado por el partido comunista, ha fracasado estrepitosamente, afectando el poder adquisitivo de la población. Gil, como figura visible en estas políticas, se convirtió en el chivo expiatorio ideal para desviar la responsabilidad del sistema hacia un solo individuo.
El autor del análisis, jorge luis león, argumenta que la acusación de espionaje sirve para cerrar cualquier discusión, ya que el tema de la traición no se debate ni se matiza. Un juicio público habría expuesto redes informales de poder, privilegios y dobleces dentro de la élite gobernante, lo que el régimen busca evitar. Además, el presidente miguel díaz-canel había felicitado públicamente a gil por su labor, un gesto que ahora resalta la falta de coordinación y el control de un núcleo duro en las decisiones.
Este episodio envía un mensaje dual: al público, de que se castiga la corrupción; y a los funcionarios, de que nadie está a salvo. No se trata de reformar el sistema, sino de preservarlo mediante el miedo y la narrativa de traición individual.