Tras la rendición de Japón en 1945, más de 4.000 niños japoneses quedaron abandonados en China y fueron criados por padres adoptivos chinos, lo que les valió el nombre de 'huérfanos de guerra' japoneses. Tomoji Ohara, uno de tales huérfanos, fue adoptado por una mujer china a los tres o cuatro años y no regresó a Japón hasta los cuarenta. Ha dicho que los huérfanos no estaban solos en China, pero sí realmente aislados en Japón.
Tomoji Ohara, conocido como Cong Peng por sus padres adoptivos chinos, pasó su vida a la deriva entre dos patrias. Como huérfano japonés de la guerra, fue adoptado por una mujer china a la edad de tres o cuatro años y no regresó a Japón hasta los cuarenta. Debido a barreras lingüísticas y lazos familiares distanciados, Ohara nunca pudo integrarse en la sociedad japonesa. Él reflexionó: «Nosotros los huérfanos en realidad no estábamos solos en China. Al contrario, en Japón nos volvimos realmente aislados». Este sentimiento resalta los desafíos que estos niños enfrentaron al navegar sus identidades duales y desplazamientos culturales. Este verano, apoyado en su bastón, Ohara se despidió por última vez de sus padres adoptivos fallecidos. El gesto subraya su gratitud perdurable hacia la familia china que lo crió. A pesar de años en Japón, su corazón permanece orientado hacia China, ilustrando lazos personales que trascienden la sangre y las fronteras. Las historias de estos más de 4.000 huérfanos de la guerra sirven como recordatorios conmovedores de las cicatrices duraderas de la guerra en los inocentes, al tiempo que señalan caminos de reconciliación entre China y Japón.