La emigración masiva de cubanos ha separado no solo a familias humanas, sino también a sus mascotas queridas. Muchos dejan atrás a perros y gatos con parientes, mientras que otros intentan llevarlos consigo a pesar de los altos costos de los trámites. Historias de abandono y lealtad animal ilustran el dolor de estas separaciones.
Por años, la emigración cubana ha causado separaciones familiares dolorosas, dejando atrás padres, hermanos e hijos con la esperanza de reunirse pronto. Sin embargo, esta migración también afecta a otro miembro clave: las mascotas. En los mejores casos, perros y gatos se quedan con familiares o en sus hogares para minimizar el sufrimiento, pero durante el Período Especial de los años 90, muchos perros de raza pura terminaron abandonados en las calles, en condiciones precarias.
La autora del artículo, Nike, comparte su experiencia al adoptar dos gatos: uno de su prima y otro de un vecino que se mudó al extranjero, el cual deambulaba por el barrio en busca de refugio. Estos animales se han adaptado bien a su nuevo hogar y son muy afectuosos.
Una amiga de Nike planea llevarse a su dachshund al emigrar, pero los precios de los trámites —que incluyen vacunas y documentos— han aumentado drásticamente hace unos días, volviéndolos casi inalcanzables. "No voy a ningún lado sin él", dice Ana, quien vende todo lo que puede para cubrir el costo del viaje de su mascota.
Casos de abandono abundan, como el de Canelo, un perro amigable cuya familia partió en los 2000. Se quedó en el barrio, donde vecinos le daban comida y agua, durmiendo en porches o en su antigua casa. En contraste, hay relatos positivos: un perro enviado al campo regresó exhausto a casa después de unos días, ganándose el cariño de sus abuelos y recuperando su hogar.
Estos episodios plantean una reflexión: si las mascotas nos eligen y nos aman incondicionalmente, ¿por qué las abandonamos? La emigración continúa rompiendo lazos, incluso los más leales.