El reciente aumento del 23% al salario mínimo en Colombia ha generado un intenso debate entre trabajadores y empresarios. Mientras los primeros lo ven como un alivio para cubrir necesidades básicas y dinamizar el consumo, el sector productivo expresa preocupación por el impacto en costos laborales y empleo. La falta de acuerdo entre las partes ha complicado la implementación de esta medida.
El aumento del salario mínimo en Colombia, decretado en un 23%, representa un punto de inflexión en la economía del país. Para millones de trabajadores, esta medida ofrece un alivio inmediato, mejorando el ingreso mensual y recuperando parte del poder adquisitivo en un contexto de alto costo de vida. En hogares donde el salario apenas cubría lo esencial, el ajuste se percibe como una reivindicación esperada, con potencial para estimular el consumo interno y la economía local.
Sin embargo, desde la perspectiva del sector productivo, el incremento genera inquietudes significativas. Sectores intensivos en mano de obra, como las pequeñas y medianas empresas, advierten que esta magnitud supera las proyecciones técnicas y altera la planeación financiera para 2026. Muchos contratos y tarifas ya se habían pactado bajo supuestos económicos diferentes, lo que agrava el impacto.
La ausencia de concertación ha sido un factor clave en la tensión. No se logró un acuerdo entre empresarios, trabajadores y el Gobierno, y el retiro de los gremios de la mesa de diálogo permitió una decisión unilateral que incluso superó las demandas sindicales. Ahora, con el aumento ya como realidad, el foco debe girar hacia su implementación efectiva.
El Gobierno nacional enfrenta la responsabilidad de mitigar efectos negativos, como posibles pérdidas de empleo, aumento de la informalidad o cierres empresariales. Medidas urgentes incluyen aliviar cargas fiscales, evitar indexaciones automáticas al salario mínimo, ofrecer estímulos para la formalización y apoyar a sectores vulnerables. Además, se requiere una política económica prudente para prevenir un efecto inflacionario, tomando como advertencia experiencias como la de Venezuela, donde aumentos descontrolados erosionaron el empleo y dispararon precios.
En última instancia, un salario digno solo es sostenible con un tejido empresarial sólido que lo respalde. El equilibrio entre ambas perspectivas es esencial para que el beneficio de hoy no se convierta en problemas futuros.