En Santiago de Cuba, la reparación de colchones se ha convertido en una necesidad vital debido a las pérdidas causadas por huracanes y la escasez económica. Artesanos como Omar mantienen el oficio pese a los desafíos de materiales y transporte. Historias de estafas resaltan la importancia de la reputación en este sector informal.
En la ciudad de Santiago de Cuba, el oficio de reparar colchones resiste apagones, huracanes y la dolarización. La demanda ha aumentado por las pérdidas de bienes domésticos durante tormentas, como el huracán Melissa, que inundó hogares y arruinó colchones con humedad y moho.
Omar, con 32 años en el oficio, opera desde su sala como taller permanente. Un colchón nuevo cuesta alrededor de 30.000 pesos (unos 70 dólares), mientras que una reparación varía entre 18.000 y 20.000 pesos, dependiendo del desgaste de resortes y relleno. Comprar uno nuevo en divisas supera los 300 dólares, inaccesible para la mayoría. “Esto no es para hacerse rico”, dice Omar, quien cubre apenas el sustento familiar.
Los desafíos incluyen la obtención de materiales escasos como resortes, relleno y telas, a menudo del mercado informal, y el transporte limitado por la escasez de combustible. “Hay trabajos que no puedo aceptar porque no tengo cómo llegar”, admite. Ofrece hasta dos años de garantía, contrastando con estafadores que usan sacos de polietileno en lugar de relleno genuino.
Moraima, casada en los años 60, pagó 15.000 pesos por una reparación que resultó fraudulenta: el interior crujía como papel y se hundió pronto. Tales incidentes circulan en la ciudad, fomentando desconfianza. En un contexto de techos agujereados y colchones heredados de décadas pasadas, estos artesanos proveen soluciones imperfectas pero vitales para el descanso diario, resistiendo como forma de supervivencia.