En un análisis publicado en La República, Felipe Jaramillo Vélez argumenta que las universidades enfrentan un caos en su adaptación a la era digital, impulsado por demandas de inmediatez y especialización. Advierte contra la simplificación de currículos que sacrifica las humanidades por carreras cortas y atractivas. Insiste en que la educación superior debe preservar la profundidad para formar ciudadanos integrales.
El siglo XXI ha traído una revolución digital que transformó las herramientas aisladas en ecosistemas que definen nuestra realidad, según un artículo de opinión de Felipe Jaramillo Vélez en La República, publicado el 17 de enero de 2026. La pandemia aceleró este cambio, creando una tensión entre la evolución rápida y la nostalgia por un mundo analógico.
A diferencia de otros sectores, la educación superior ha respondido de manera caótica, atrapada entre estudiantes que buscan utilidad práctica inmediata y empresas que demandan habilidades técnicas especializadas para un mercado inestable. Jaramillo Vélez destaca que el número de matriculados ha caído drásticamente debido a una crisis económica por sobreoferta educativa, declive de la natalidad y la globalización de la enseñanza digital.
Muchas instituciones han optado por simplificar sus programas, eliminando materias de humanidades, artes y estética para ofrecer carreras más 'atractivas' y cortas. Esta estrategia, según el autor, pauperiza la educación al sacrificar el pensamiento crítico y la formación integral en favor de la rentabilidad inmediata. Critica la normalización de cursos breves y autogestionables sin evaluaciones reales, afirmando que 'sin bases sólidas, disciplina y profundidad: la educación simplemente no existe'.
Esta tendencia se nutre de promesas de éxito rápido a través de la inteligencia artificial, el estrellato como influencer o el deporte, pero el autor señala que solo uno entre un millón logra destacar, dejando a la mayoría sin una estructura intelectual sólida.
Jaramillo Vélez urge a las universidades a resistir con dignidad, preservando la profundidad frente a la inmediatez y atrayendo a los mejores maestros y estudiantes. La academia debe ser un espacio para el desarrollo integral del ser humano, formando ciudadanos capaces de sostener el mundo, no solo consumirlo.