La confiscación del petrolero Skipper por Estados Unidos ha expuesto una red de reventa de combustible en Cuba y genera temores sobre el suministro de energía en la isla. Este incidente resalta la dependencia de Cuba de acuerdos opacos con Venezuela y rutas indirectas bajo la sombra de sanciones. La población cubana observa el mar con ansiedad, preguntándose si habrá combustible y electricidad en los próximos días.
Los cubanos han mirado siempre al mar con una mezcla de angustia y esperanza, ya que las aguas aíslan a la isla del mundo pero también traen los bienes esenciales a través de sus puertos. La reciente confiscación del petrolero Skipper por parte de Estados Unidos ha llenado esa mirada de preguntas y rumores que se propagan tan rápido como los apagones en el país.
En una nación donde la vida diaria depende en gran medida de lo que llega por mar, cualquier incidente con un buque cisterna se traduce en ansiedad doméstica. ¿Habrá combustible mañana? ¿Se prolongarán aún más los cortes de energía? La incautación del Skipper no es solo un episodio geopolítico y de sanciones; es una señal que la población interpreta como un posible agravamiento de la crisis actual.
Este suceso ha revelado una red de reventa de combustible que La Habana ha explotado durante años, ahora bajo escrutinio de Washington. Del crudo que Caracas envía a Cuba, solo una parte se convierte en energía o soporta el transporte nacional; el resto se vende a países lejanos que pagan en divisas fuertes, escasas en las arcas estatales. Sin embargo, estas transacciones no han impulsado inversiones en plantas termoeléctricas ni en redes de autobuses y ferrocarriles.
La situación se complica con los eventos en PDVSA, la estatal venezolana y principal respaldo energético de Cuba en años recientes. Tras la incautación del Skipper, compradores de crudo venezolano exigen descuentos mayores por temor a confiscaciones similares. Según la agencia Reuters, el buque Boltaris, con bandera de Benín y cargado con 300.000 barriles de nafta rusa hacia Venezuela, dio media vuelta hacia Europa sin descargar este fin de semana. Cuatro otros buques programados para cargar en puertos venezolanos en las próximas semanas han detenido sus planes. La excepción son los envíos de Chevron, la empresa estadounidense con permisos operativos en Venezuela.
Para Cuba, este panorama recuerda su fragilidad estructural. La isla depende de acuerdos opacos, rutas indirectas y buques que navegan bajo la amenaza de sanciones y decomisos. Cada giro en el Caribe o el Atlántico se traduce en noches sin electricidad, parálisis productiva, mayor ira pública y protestas nocturnas. Los cubanos siguen mirando al horizonte, contando silencios y leyendo las luces —o su ausencia— en busca de señales.