Los senadores aprobaron el 15 de diciembre la aceleración de la supresión de la cotización sobre el valor añadido empresarial (CVAE), una medida exigida por las organizaciones empresariales para impulsar la competitividad industrial. Esta decisión, incluida en el proyecto de ley de finanzas para 2026, plantea interrogantes sobre sus impactos presupuestarios y territoriales, según los economistas Nadine Levratto y Philippe Poinsot. A pesar de una reducción del 75 % en 2021, los efectos sobre el empleo y la inversión siguen siendo limitados.
Como parte del proyecto de ley de finanzas para 2026, los senadores validaron el lunes 15 de diciembre la aceleración del calendario de supresión de la cotización sobre el valor añadido empresarial (CVAE). Creada en 2010 para reemplazar el impuesto profesional, este gravamen afecta a menos del 10 % de las empresas, principalmente grandes grupos y empresas de tamaño intermedio (ETI). La reforma de 2021 ya había aligerado este impuesto en un 75 %, lo que supuso una pérdida de recaudación anual de unos 7.500 millones de euros para las finanzas públicas, en medio de los esfuerzos por combatir el déficit.
Sin embargo, las evaluaciones posteriores a la reforma muestran pocos efectos concretos sobre el empleo, la inversión o la competitividad internacional —un proyecto pausado por la crisis del Covid-19 y ahora reanudado—. Los economistas Nadine Levratto y Philippe Poinsot, en una tribuna en «Le Monde», destacan que esta medida, presentada como apoyo a la industria, beneficia principalmente a otros sectores. La industria capturó alrededor del 20 % de las ganancias fiscales, el doble de su participación en el valor añadido nacional, mientras que casi el 80 % de los beneficios van a actividades financieras, seguros y productores de energía.
Esta distribución revela una incoherencia: favorece a las metrópolis, donde la industria está menos presente, en detrimento de las zonas rurales objetivo de los objetivos de reindustrialización. Los autores cuestionan los incentivos restantes para las autoridades locales para acoger proyectos industriales si generan menos retornos fiscales significativos. En última instancia, esta política de oferta, centrada en bajar los costes de producción, podría ampliar las desigualdades territoriales sin revitalizar verdaderamente la economía local.