Ihosvanny Cordoves regresó a Cuba después de tres años y encontró un panorama agravado por apagones, altos precios y una epidemia de chikungunya. En el aeropuerto de Santiago de Cuba, enfrentó desorden y demoras, mientras un viaje en autobús se complicó por una avería. Su experiencia resalta las dificultades cotidianas en la isla entre fatiga y esperanza.
Ihosvanny Cordoves, quien vive fuera de Cuba, visitó la isla por primera vez en tres años, donde residen sus padres, hermano, sobrinos y sobrinas, junto con recuerdos de su infancia y juventud. En su viaje anterior, ya se percibía una tristeza incipiente, pero esta vez las dificultades se intensificaron como vientos huracanados. Los apagones se han vuelto rutina diaria, y los precios elevados desafían la supervivencia de trabajadores asalariados y pensionados con recursos limitados.
Las calles presentan condiciones insalubres, convertidas en vertederos de basura, agravadas por la epidemia reciente de virus chikungunya, que afectó a casi todos, dejando a muchas personas con pies y manos hinchados. En un país con farmacias vacías, los emigrantes regresan cargados de medicamentos y alimentos para sus familias, recurriendo a remedios caseros para aliviar el dolor.
Al llegar al aeropuerto de Santiago de Cuba, Cordoves encontró un caos total: pasajeros apiñados en inmigración, donde funcionarios realizaban sus tareas a un ritmo lento, contrastando con la prisa de la multitud. Posteriormente, una de las dos máquinas de rayos X para equipaje de mano falló, fusionando las filas en una odisea de negociaciones fallidas entre hombres, mujeres y niños, envuelta en olores mixtos de sudor, perfumes y repelente de mosquitos.
Una mujer detrás de él comentó: “No te hagas ilusiones”, advirtiendo sobre el reclamo de equipaje, donde en una visita previa un corte de energía demoró tres horas la salida. Afortunadamente, había electricidad esa vez, y Cordoves invocó a la Virgen de la Caridad para apresurar su paso. Debía tomar un autobús Viazul a Las Tunas en una hora, so pena de complicaciones mayores.
Salió al estacionamiento antes de que llegara el autobús, notando una temperatura inusualmente agradable en esta región calurosa y húmeda. Sin bancos disponibles, se sentó en el bordillo, rodeado de familiares ansiosos, taxistas y oportunistas dirigidos a turistas. El autobús llegó tras una hora; subió rápidamente, pero media hora después, en la terminal de Santiago, una manguera de agua reventó, inmovilizando el vehículo. Los conductores intentaron repararlo sin éxito, obligando a esperar otro autobús en la oscuridad creciente.
Esta espera simbolizó para Cordoves un viaje no solo físico, sino a través de las grietas visibles e invisibles de un país que persiste entre cansancio y esperanza. Cada demora y avería representa el regreso como un enfrentamiento al dolor, sin dejar de apreciar lo que perdura.