En un diario personal, Veronica Vega describe el colapso del transporte público en Cuba, comparándolo con los años 80 y la crisis del Período Especial. A pesar de las condiciones desesperadas actuales, surge una esperanza de cambio impulsada por expresiones culturales y predicciones de transformación. Vega concluye que Cuba vale la pena como lugar para quedarse y construir un futuro.
Veronica Vega, en su diario publicado en Havana Times, recuerda cómo en los años 80 en Alamar, La Habana, existían seis rutas de autobús, incluyendo una línea local, y hasta un servicio a las playas del este durante las vacaciones de verano. El transporte público permitía una vida con 'una dosis básica de poesía': vehículos limpios, sin aglomeraciones ni acoso. Sin embargo, nadie cuestionaba el origen del petróleo o las tiendas en dólares accesibles solo para extranjeros, en el sueño de un socialismo naciente similar al de la Unión Soviética, Alemania Oriental y Checoslovaquia.
Cubanos viajaban a esos países para estudiar o trabajar, regresando con ropa y electrodomésticos, aunque algunos desertaban. El colapso de 1990 planteó preguntas: si ellos lo hacían bien, ¿por qué cayeron? ¿Por qué Cuba no cayó primero? Hoy, treinta y seis años después, Cuba enfrenta un colapso generalizado peor que el Período Especial: disfunción casi total, condiciones insalubres, inflación rampante y desesperación extrema. Viajes de La Habana al oriente cuestan 25.000 pesos, cinco veces la mayoría de los salarios mensuales. No hay combustible para aviones, y estudiantes de internados son reubicados.
En el Período Especial, los autobuses fueron reemplazados por camiones llamados Metrobus. Vega menciona cómo vendía artesanías con su madre en la feria G y 23 en Vedado, quien nostalgizaba el servicio de tranvías pre-1959. La autora experimentó un tranvía en Saint-Etienne, Francia, apreciando un mundo moderno y funcional.
Entre lo prometido y lo real, se perdió la fe. Sin embargo, videos en redes sociales usan inteligencia artificial para reconstruir lugares: basureros grotescos desaparecen, ruinas se convierten en rascacielos. Canciones expresan amor por Cuba, hablando de bendición divina sobre una isla congelada en el tiempo. Analistas, astrólogos y otros aseguran que el fin de la maldición se acerca, con un punto de quiebre y regeneración.
Se menciona la supuesta presencia de barcos y aviones estadounidenses por orden de Donald Trump, avivando la esperanza pese a la crisis petrolera. La gente dice: 'Ahora algo realmente tiene que pasar. Porque esto no puede seguir'. Mientras el gobierno habla de sacrificios mayores, el agotamiento se transforma en conciencia de construir un futuro en Cuba, no solo en exilio. Jóvenes se expresan libremente en redes sociales, y Vega siente por primera vez que 'Cuba vale la pena' como lugar para permanecer.