Científicos han delineado tres etapas evolutivas de la conciencia, desde respuestas básicas de alarma hasta la autoconciencia, sugiriendo que es un rasgo antiguo compartido ampliamente entre especies. Nueva investigación destaca que las aves exhiben formas de percepción sensorial y autoconciencia similares a las de los mamíferos, desafiando suposiciones previas sobre sus orígenes. Este marco, conocido como la teoría ALARM, enfatiza funciones de supervivencia y sociales.
La conciencia, la experiencia subjetiva que tiñe la vida diaria desde sensaciones placenteras hasta dolorosas, evolucionó para mejorar la supervivencia y la coordinación social, según los filósofos Albert Newen y Carlos Montemayor. Proponen tres formas en su teoría ALARM: excitación básica, alerta general y autoconciencia reflexiva.
La excitación básica surgió primero en la historia evolutiva como una respuesta rápida a amenazas. Newen explica: «Evolutivamente, la excitación básica se desarrolló primero, con la función base de poner al cuerpo en un estado de ALARM en situaciones que amenazan la vida para que el organismo pueda sobrevivir». El dolor sirve como señal clave aquí, impulsando acciones como huir o congelarse para proteger el cuerpo de daños.
La alerta general siguió, permitiendo a los organismos priorizar estímulos críticos entre distracciones. Por ejemplo, la atención podría cambiar de una conversación al olor a humo, permitiendo aprender vínculos causales, como que el humo indica fuego. Montemayor señala: «Esto hace posible aprender sobre nuevas correlaciones: primero la correlación causal simple de que el humo proviene del fuego y muestra dónde se encuentra un incendio. Pero la alerta dirigida también nos permite identificar correlaciones complejas y científicas».
La autoconciencia reflexiva, que implica reflexionar sobre los propios estados, pensamientos y acciones, se desarrolló junto con estas bases. Apoya la memoria, la planificación futura y la integración social. Un sello distintivo es el autorreconocimiento en el espejo, visto en niños humanos alrededor de los 18 meses y en animales como chimpancés, delfines y urracas. Newen afirma: «La conciencia reflexiva, en sus formas simples, se desarrolló en paralelo a las dos formas básicas de conciencia. En tales casos, la experiencia consciente se centra no en percibir el entorno, sino en el registro consciente de aspectos de uno mismo».
Estudios recientes de Gianmarco Maldarelli y Onur Güntürkün extienden esto a las aves, mostrando que poseen conciencia sensorial más allá de meras reacciones. Las palomas interpretan imágenes ambiguas de manera subjetiva, alternando vistas como los humanos, mientras que las señales cerebrales de los cuervos se alinean con estímulos percibidos en lugar de externos. Los cerebros de aves cuentan con el nidopálio caudolateral (NCL), análogo a la corteza prefrontal mamífera, con conexiones densas para procesamiento flexible. Güntürkün observa: «El equivalente aviar a la corteza prefrontal, el NCL, está inmensamente conectado y permite al cerebro integrar y procesar información de manera flexible». Su conectoma del prosencéfalo refleja patrones mamíferos, satisfaciendo criterios de teorías como el Espacio de Trabajo Neuronal Global.
Las aves también muestran percepción básica de sí mismas. Las palomas y gallinas distinguen imágenes en el espejo de conspecíficos reales, respondiendo contextualmente, un signo de autoconciencia situacional básica, según Güntürkün: «Los experimentos indican que las palomas y gallinas diferencian entre su reflejo en un espejo y un compañero real de su especie, y reaccionan a estos según el contexto. Esto es un signo de autoconciencia situacional básica».
Estos hallazgos, publicados en Philosophical Transactions of the Royal Society B en 2025, indican que la conciencia surgió temprano en la evolución, funcionando efectivamente a través de diversas estructuras cerebrales sin una corteza cerebral.