Los investigadores están cambiando el enfoque de la genética hacia las toxinas ambientales en el agua como posible causa de la enfermedad de Parkinson. La historia de la ex oficial de la Marina Amy Lindberg ilustra cómo los síntomas pueden aparecer de forma inesperada en la jubilación. Su experiencia pone de relieve el impacto de la enfermedad en vidas activas cerca de zonas costeras.
Durante décadas, los científicos atribuyeron principalmente la enfermedad de Parkinson a factores genéticos. Sin embargo, investigaciones recientes señalan influencias ambientales, particularmente toxinas en los suministros de agua, como contribuyentes significativos.
Amy Lindberg, que sirvió 26 años en la Marina, se jubiló alrededor de 2012 con su esposo Brad. Tras mudarse 10 veces durante su carrera, la pareja se instaló en la casa de sus sueños cerca de la costa de Carolina del Norte. Su propiedad tenía un patio trasero que se extendía hasta humedales, donde se podían ver grullas buscando alimento desde la ventana de la cocina. Disfrutaban criando abejas, jugando al pickleball y observando el crecimiento de sus hijos.
El andar disciplinado de Lindberg, perfeccionado durante años de servicio militar, comenzó a fallar alrededor de 2017. Su pie derecho dejó de responder como antes, indicando el inicio de los síntomas de Parkinson solo cinco años después de jubilarse. Este relato personal subraya la interrupción repentina de la enfermedad, incluso en entornos serenos y ricos en naturaleza.
Los expertos enfatizan que, aunque la genética juega un papel, la exposición a contaminantes en fuentes locales de agua puede desencadenar o agravar la enfermedad. El caso de Lindberg, ubicado junto a humedales costeros, plantea preguntas sobre riesgos ambientales regionales. La investigación en curso busca aclarar estas conexiones, instando a un mayor escrutinio de la calidad del agua en áreas vulnerables.