Científicos han propuesto una solución a un enigma de larga data de la misión Voyager 2 de la NASA a Urano en 1986. La nave espacial detectó niveles de radiación inesperadamente altos, que un nuevo análisis atribuye a un raro evento de viento solar. Este descubrimiento resalta similitudes en el clima espacial entre Urano y la Tierra.
En 1986, la nave espacial Voyager 2 de la NASA realizó un sobrevuelo de Urano, revelando un cinturón de radiación electrónica con niveles de energía muy superiores a las predicciones. Los investigadores habían estado desconcertados por esta anomalía durante casi cuatro décadas, ya que las características únicas de Urano —como su extrema inclinación axial y su débil campo magnético— lo hacían parecer improbable para sostener tal radiación intensa. Un reciente estudio de científicos del Southwest Research Institute (SwRI) ofrece una explicación convincente. Liderado por el Dr. Robert Allen, el equipo sugiere que Voyager 2 llegó durante un raro evento de clima espacial que involucraba una región de interacción corrotante en el viento solar. Esta estructura probablemente inundó la magnetosfera de Urano con energía adicional, sobrecargando los cinturones de radiación. «La ciencia ha recorrido un largo camino desde el sobrevuelo de Voyager 2», dijo el Dr. Allen. «Decidimos adoptar un enfoque comparativo mirando los datos de Voyager 2 y comparándolos con las observaciones de la Tierra realizadas en las décadas siguientes». La misión registró las ondas de alta frecuencia más fuertes encontradas en todo su viaje, que inicialmente se pensó dissipaban electrones en la atmósfera. Sin embargo, investigaciones posteriores sobre los cinturones de radiación de la Tierra muestran que estas ondas pueden acelerar partículas en ciertas condiciones. Un evento similar cerca de la Tierra en 2019 causó una aceleración significativa de electrones, respaldando la hipótesis de Urano. «Si un mecanismo similar interactuó con el sistema uraniano, explicaría por qué Voyager 2 vio toda esta energía adicional inesperada», señaló la coautora Dr. Sarah Vines. Este hallazgo no solo resuelve el misterio de 1986, sino que también subraya el entorno dinámico de Urano, similar al de la Tierra. Refuerza las llamadas para una misión dedicada a Urano, con posibles aportes para Neptuno. La investigación aparece en Geophysical Research Letters (2025, volumen 52, número 22).