Astrónomos han observado directamente el colapso de una estrella masiva en la Galaxia de Andrómeda en un agujero negro sin explotar como supernova. La estrella, conocida como M31-2014-DS1, desapareció durante varios años, dejando atrás restos brillantes detectables en luz infrarroja. Este evento proporciona información detallada sobre la formación de agujeros negros estelares.
En un raro evento cósmico, los científicos rastrearon la desaparición de M31-2014-DS1, una estrella luminosa ubicada a 2,5 millones de años luz en la Galaxia de Andrómeda. Utilizando datos de la misión NEOWISE de la NASA y otros telescopios desde 2005 hasta 2023, los investigadores notaron que la estrella se iluminaba en luz infrarroja a partir de 2014. Para 2016, su brillo cayó bruscamente en menos de un año. De 2022 a 2023, se había desvanecido hasta una diez milésima parte de su brillo anterior en longitudes de onda visibles y de infrarrojo cercano, volviéndose casi invisible, mientras brillaba a una intensidad de aproximadamente una décima en luz infrarroja media. Los datos de la misión NEOWISE de la NASA y otros telescopios, abarcando de 2005 a 2023, mostraron que la estrella se iluminó en luz infrarroja a partir de 2014. Para 2016, su brillo cayó bruscamente en menos de un año. De 2022 a 2023, se había desvanecido hasta una diez milésima parte de su brillo anterior en longitudes de onda visibles y de infrarrojo cercano, volviéndose casi invisible, mientras brillaba a una intensidad de aproximadamente una décima en luz infrarroja media. Las observaciones, detalladas en un estudio publicado el 12 de febrero de 2026 en Science, indican que el núcleo de la estrella colapsó bajo la gravedad, formando un agujero negro sin la explosión de supernova esperada. En su lugar, la convección en las capas externas de la estrella —impulsada por diferencias de temperatura— impulsó el material hacia afuera gradualmente. Este proceso expulsó la mayor parte del envolvente, con solo alrededor del 1% cayendo de nuevo para alimentar el agujero negro durante décadas, creando un brillo infrarrojo persistente de restos envueltos en polvo. El autor principal, Kishalay De, investigador asociado en el Flatiron Institute de la Simons Foundation, describió la importancia: «Esto es solo el comienzo de la historia... va a seguir desvaneciéndose muy lentamente. Y esto podría acabar siendo un referente para entender cómo se forman los agujeros negros estelares en el universo». Comparó la desaparición con si Betelgeuse desapareciera de repente, señalando que la estrella era una de las más luminosas de Andrómeda. La coautora Andrea Antoni explicó el papel de la convección: «la tasa de acreción... es mucho más lenta que si la estrella implosionara directamente. Este material convectivo tiene momento angular, por lo que se circulariza alrededor del agujero negro». Los hallazgos también coinciden con un caso previo, NGC 6946-BH1, sugiriendo que las supernovas fallidas producen agujeros negros de manera más común de lo que se pensaba anteriormente de forma silenciosa. De añadió: «Sabemos desde hace casi 50 años que los agujeros negros existen, pero apenas estamos rascando la superficie del entendimiento de qué estrellas se convierten en agujeros negros y cómo lo hacen». Este evento refina los modelos del fin de las estrellas masivas, donde la fusión nuclear falla, la gravedad domina y los resultados varían entre explosiones y colapsos silenciosos.