Elizabeth Hohmann, especialista en enfermedades infecciosas en el Massachusetts General Hospital, pasa sus días evaluando posibles donantes de heces para trasplantes fecales que tratan infecciones intestinales resistentes. Con solo alrededor del uno por ciento de los candidatos que califican, el proceso es desafiante pero gratificante. Su trabajo ha restaurado la salud a pacientes que antes no podían funcionar normalmente.
Durante 15 años, Elizabeth Hohmann ha dirigido el programa de trasplantes fecales en el Massachusetts General Hospital de Boston, transformando heces donadas en cápsulas orales para combatir infecciones recurrentes de Clostridioides difficile. Estas infecciones, que causan diarrea severa y resisten los antibióticos, afectan a muchos pacientes, pero los trasplantes introducen bacterias intestinales beneficiosas que compiten con las perjudiciales. Buscar donantes adecuados no es una tarea fácil. Hohmann hace publicidad en línea, ofreciendo 1.200 dólares por un mes de donaciones, pero solo alrededor del uno por ciento pasa los rigurosos controles. Los candidatos no deben ser trabajadores sanitarios ni viajeros recientes a Asia Sudoriental por riesgos de bacterias resistentes a fármacos, y deben estar delgados para evitar la transmisión de obesidad. Los solicitantes exitosos se someten a análisis de sangre para infecciones como el VIH y la covid-19, además de un examen rectal para problemas intestinales. Los donantes ideales suelen ser aficionados al fitness con dietas ricas en frutas, verduras y cereales integrales, evitando alimentos ultraprocesados. Hohmann señala que, aunque algunos centros prefieren veganos, sus mejores donantes han sido omnívoros. Las donaciones se realizan durante dos a cuatro semanas, con los donantes visitando el hospital diariamente para evacuaciones intestinales, a menudo estimuladas por café. Las heces frescas se mezclan con suero fisiológico, se filtran y se encapsulan de inmediato. Un nuevo cribado posterior a la donación asegura que no hayan surgido infecciones nuevas, como Salmonella. El impacto es profundo: un paciente que antes estaba demasiado enfermo para trabajar ahora logra 30 horas semanales. 'Sigo haciéndolo porque realmente marca una gran diferencia en la vida de algunas personas', dice Hohmann. A medida que se acerca la jubilación, le cuesta encontrar un sucesor, con colegas que se echan atrás ante la naturaleza práctica del trabajo.