La geoingeniería solar podría reducir los impactos económicos del cambio climático, pero detenerla abruptamente podría desencadenar un rebote rápido de temperatura conocido como shock de terminación, potencialmente causando mayores daños que el calentamiento sin control. Los investigadores advierten que este riesgo subraya la necesidad de una cooperación internacional sostenida. Sin recortes de emisiones, las temperaturas globales podrían aumentar 4,5 °C para 2100, lo que llevaría a daños por 868.000 millones de dólares.
Un nuevo estudio destaca la naturaleza de doble filo de la modificación de la radiación solar (SRM, por sus siglas en inglés), un método propuesto para combatir el cambio climático mediante la inyección de aerosoles de dióxido de azufre en la estratosfera para reflejar la luz solar y enfriar el planeta. Aunque la SRM podría limitar el calentamiento a 2,8 °C por encima de los niveles preindustriales si se inicia en 2020, reduciendo así a la mitad las pérdidas económicas proyectadas de 868.000 millones de dólares a unos 434.000 millones para 2100, los peligros surgen si el programa termina prematuramente. Francisco Estrada, de la Universidad Nacional Autónoma de México, y su equipo modelaron escenarios que muestran que una terminación repentina en 2030 provocaría un rebote de temperatura de 0,6 °C en ocho años. Este pico rápido, denominado shock de terminación, podría superar el billón de dólares en daños para finales de siglo, superando los costos del calentamiento sin freno. «Sería mucho peor si tenemos un shock de terminación que si no hiciéramos nada», afirmó Estrada. La investigación enfatiza no solo el calentamiento total, sino su velocidad, ya que los cambios rápidos dejan poco tiempo para la adaptación y arriesgan puntos de inflexión como el colapso de las capas de hielo. Gernot Wagner, de la Universidad de Columbia, elogió el enfoque: «La geoingeniería solar es más arriesgada de lo que parece a primera vista». Esfuerzos en el mundo real, como Make Sunsets liberando más de 200 globos de dióxido de azufre —incluidos en México, lo que provocó una amenaza de prohibición— y Stardust recaudando 75 millones de dólares para hacer lobby en EE.UU., ilustran el creciente interés. Una encuesta de New Scientist encontró que dos tercios de los científicos anticipan una SRM a gran escala este siglo. Sin embargo, sostenerla requiere al menos 100 aviones dispersando millones de toneladas de aerosoles anualmente, sin interrupciones por conflictos o disrupciones. El estudio concluye que los beneficios de la SRM solo se materializan si los riesgos de terminación están por debajo de unas décimas de porcentaje anual o con una fase de salida gradual durante 15 años. En futuros de bajas emisiones, hasta un 10 % de riesgo podría ser tolerable. Estrada describió un «paradigma de gobernanza»: una mitigación global efectiva obviaría la necesidad de SRM, pero la SRM exige esa cooperación. Chad Baum, de la Universidad de Aarhus, señaló que financiar investigaciones, como las de The Degrees Initiative, ayuda a naciones vulnerables sin deslizarse hacia el despliegue. Wagner instó a más estudios sobre compensaciones en medio de emisiones crecientes.